Campechana Mental
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biblioteca digital del círculo ometeotl
Pucho

Esta es la historia de unos compañeros que se aventuraron a un proyecto de digitalización y nos cuentan sus experiencias.


Un granito de arena: la biblioteca digital del Círculo Ometeotl

De dónde venimos

La historia del Círculo Ometeotl empieza a mediados de 2009. Todo comenzó con algunos estudiantes y profesores de la Escuela Superior de Filosofía de la Universidad de Colima que decidimos organizar un grupo de estudios, para así contrarrestar algunas deficiencias que veíamos en el currículo oficial. En ese tiempo pomposamente nos autodenominamos como Círculo Colimote de Estudios Hispanoamericanos (CCEH), cuyo principal objetivo era la revisión de cuestiones y problemas filosóficos, principalmente de la tradición latinoamericana, la cual se concretizaría mediante una publicación periódica en la que mostraríamos los resultados obtenidos.

Pero esa fue la idea. En la práctica casi todas las reuniones del CCEH finalizaban, si teníamos suerte, en una tertulia, aunque en general desembocaban en una plena borrachera y en otras cosas más… Esta falta de disciplina y de compromiso provocó, como es claro, la pérdida del rumbo; sin embargo, esta marejada también propició un punto de inflexión y de autocrítica. En un principio pensábamos que la única deficiencia eran los vacíos en nuestro plan de estudios, por el cual solo era necesario contrarrestarlos con sesiones extracurriculares. Fue en esos momentos de divagación en donde revisamos diversos materiales y autores, como Max Stirner, Iván Illich, Augusto Salazar Bondy y Louis Althusser, por los cuales conformamos una imagen de la situación que nos sofocaba. Nuestro problema forma parte de una forma de hacer cultura que en muchos casos depende del trabajo intelectual de otro contexto, al mismo tiempo que funciona a modo de un aparato de control que se reproduce en diversas escalas, como lo es el desarrollo y el mantenimiento de un currículo oculto, aquel rito de iniciación del mundo oficial; ese mundo que, sin importar qué tanto es capitalista, comunista, socialista, de derecha, de izquierda, moderno, posmoderno, transmoderno, occidental, latinoamericano, etcétera, indica las formas pertinentes de pensar y de obrar, en fin, de vivir.

Sí, esto se puede considerar un tanto paranoico, pero en nuestra situación nos parecía completamente comprensible. Nos preguntamos sobre cuántas veces un proyecto filosófico (como una revista, un programa de radio o audiovisual, una investigación o una traducción) había sido apoyado por una institución cultural; nos dimos cuenta que la gran parte del quehacer filosófico es dependiente de universidades o de subsidios con una línea muy específica: la filosofía, en la mayoría de los casos, estaba recluida en la academia. Ante esta situación decidimos buscar una alternativa de quehacer cultural que fuera una alternativa al hegemónico. Ese ideal fue lo que ambiguamente denominamos como «cultura libre», que en la medida posible recurriría al software libre, a la cultura DIY y al copy left, entre otras cuestiones.

Aquí es donde surge el Círculo Ometeotl tal cual. «Círculo» por aquella idea de equidad que incita esta figura geométrica. «Ometeotl» debido a que buscábamos un término que sintetizara la idea de particularidad y universalidad, por un lado un vocablo náhuatl para explicitar algunas de nuestras raíces, por otro lado la concepción de esta divinidad como lo más omniabarcante, según observamos en la poesía de Nezahualcóyotl. Y sinceramente nunca nos terminó de convencer el nombre, para nosotros fue algo tentativo. No obstante, por la fuerza del uso se terminó por imponer.

Como sea, esta noción de alternativa que no se concebía en una franca oposición al quehacer filosófico universitario, y de la cultura hegemónica en general, nos trajo conflictos tanto con las instituciones universitarias y secretarías de cultura, como con ciertos colectivos. Pero esa es otra historia, lo esencial es que el Círculo mantuvo al menos cuatro proyectos de manera constante, sin importar las desavenencias. El primero fue la elaboración de una revista artesanal que se llamó Colimotl, y de la cual publicamos cuatro números [ver aquí]. Uno más fueron las dos temporadas, la primera fue radiofónica y después en un formato audiovisual, del programa El perro de agua [ver aquí]. Otro proyecto fue la editorial del Círculo Ometeotl, que solo publicó una investigación sobre la fundación de Colima [ver aquí], una traducción de ensayos introductorios a la filosofía analítica [ver aquí] y, a modo de despedida, el Manifiesto hot-dog [ver aquí]. Por último, el primer y más longevo proyecto que concretizó el Círculo es el pretexto para este texto: la biblioteca digital.

Una biblioteca digital, ¿para qué?

El objetivo de la biblioteca digital fue sencillo: ante la carencia o el alto precio del material bibliográfico en torno a las disciplinas filosóficas, era conveniente un espacio que lo facilitará sin ningún costo. Se hace evidente que esta postura fue uno de los tantos desenlaces por los que se originó el Círculo. En este proyecto en particular no teníamos la intención de aportar material nuevo, sino ser una ventana para lo que ya estaba ahí pero que por diferentes circunstancias ligadas a cuestiones económicas, políticas, sociales y de derechos de autor, no eran de fácil acceso. En algunos contextos fuimos acusados de piratería, término que nunca nos ha parecido ofensivo. Sin embargo, dependiendo de la circunstancia jugábamos con el eufemismo de «difusión incondicional», porque precisamente nuestro interés era hacer llegar el material hasta donde fuera posible y sin ningún tipo de restricción: un modo de compartir en la que la dinámica de mercado estuviera involucrada lo menos posible.

Para acotar este objetivo decidimos darle preferencia al material que no estuviera disponible en internet o que fuese de difícil acceso. Y aunque al hablar de una biblioteca de filosofía se puede llegar a entender que solo atendíamos a ciertas obras o autores paradigmáticos, sino que impuestos por unas culturas filosóficas hegemónicas que van de Tales de Mileto a la posmodernidad, o de Bernard Bolzano a la filosofía de la mente, en la medida de lo posible intentamos dar espacios a todas elaboraciones que se consideran «menores» o que muchos niegan que es filosofía. Debido a esto la biblioteca comprendió distintas temáticas en dos vertientes principales. Por un lado, para el ámbito filosófico imperante estaban las publicaciones sobre fenomenología, hermenéutica o los presocráticos. Por otro lado, uno más diverso y heterodoxo, se encontraban obras sobre filosofía latinoamericana, estudios sobre la región colimense, documentos y comunicados del EZLN, la colección Lenguas de México, algunos números de la revista Estudios de Cultura Náhuatl, y trabajos que de manera general los catalogamos como teoría feminista, aunque solo se trató de una etiqueta que aglutinaba a la historia del feminismo, en el mundo occidental o en México, a la antropología feminista, a los estudios de género, a la teoría queer, a los estudios de masculinidades y al ecofeminismo.

Uno de los motivo para esta heterogeneidad fue precisamente explicitar que la filosofía, sin querer meternos en su definición, tiene tal flexibilidad que todo el material de cualquier otra disciplina puede ser piedra angular para una reflexión «filosófica». No obstante, para simplificar y evitarnos el debate sobre qué entendíamos por esta palabra, la biblioteca nunca tuvo algún tipo de coletilla (como la de «filosófica»). Lo importante no era establecer ciertos parámetros, sino darle rienda suelta a toda esa cantidad de información que teníamos disponible y que aún no se encontraba en internet. Y aunque en la medida de lo posible se intentó que todo se digitalizara, en varias ocasiones el sendero no fue satisfactorio o fue imposibilitado por dificultades técnicas o económicas.

El proceso, el aprendizaje y los errores

Desde un principio se estipuló que los libros tenían que estar disponibles en un servidor independiente, tanto para evitar las posibilidades de que los documentos fueran denunciados por violaciones a los derechos de autor, como para que cualquier usuario, sin necesidad de una cuenta, pudiera descargarlos. Sin embargo, siempre se mantuvieron algunos respaldos en Scribd o en GoogleDrive, que a la fecha es lo único que queda de esta biblioteca. Entonces, para darle cumplimiento a esta estipulación, entre los integrantes cooperamos para adquirir un dominio y un servidor, el cual estuvo disponible durante dos años.

A la par que se solucionaba el aspecto del hospedaje, se inició el proceso de digitalización. Con el tiempo nuestro método varió, lo cual es perceptible si se comparan las primeras obras digitalizadas con las últimas. Sin embargo, en general el proceso comprendió cinco etapas: búsqueda, digitalización, posproducción, subida y difusión. Pero también vale la pena aclarar que esta distinción es, por lo regular, esquemática, ya que muchas veces los procesos se solaparon, sino es que al inicio algunos fueron ignorados.

Como se mencionó, la búsqueda consistió en la localización del material que nos pareciera relevante y que no estuviera disponible en internet. En la mayoría de los casos hicimos usos de bibliotecas públicas locales, como las de la Universidad de Colima o de la Secretaría de Cultura de Colima, o de particulares, como de profesores y de amigos. No obstante, en ciertas circunstancias se optó por adquirir directamente el material con la intención de digitalizarlo, y que siempre corrió a cargo de los integrantes del Círculo o de solo algunos de sus miembros. Aunque parece una etapa muy sencilla, la principal dificultad residía en el estado del libro o en el costo por adquirirlo, debido a que muchas veces se tuvo que recurrir a fondos de ahorros personales.

Las condiciones de los libros fue un factor que muy tarde nos dimos cuenta de su importancia. Si bien el deseo, que nunca se concretizó, fue el de hacer un escáner acorde a los manuales del DIY Book Scanner, por nuestros recursos y conocimientos fue imposible concebirlo como una posibilidad a corto o mediano plazo. Debido a esto se optó por lo que teníamos: un multifuncional HP Deskjet F4280, el cual fue «donado» por una persona que estuvo cercana al Círculo, y una computadora de escritorio con Ubuntu. Dado las características del multifuncional, un escáner de cama plana de tamaño oficio, todo aquel libro que excediera las dimensiones de medio oficio no pudo ser digitalizado. En un principio se intentó fotocopiar los libros de grandes dimensiones para después pasar al proceso de digitalización, pero los resultados no nos satisficieron por los siguientes motivos: el costo por la digitalización era insostenible para los recursos con los que contábamos, en muchas ocasiones los caracteres o imágenes se distorsionaban de manera irresoluble, así como en otras circunstancias se perdían las hojas o la compaginación.

Pero las restricciones no solo fueron en cuento a las dimensiones, sino también en torno al estado de conservación de los libros. En muchos de los casos las obras en préstamo estaban en condiciones poco aptas. Al tener que abrir por completo los libros, estos tendían a deshojarse. Si bien por el proyecto de la revista aprendimos a encuadernar, hubo ocasiones en los que el libro ya no recuperaba su aspecto inicial, ocasionándonos uno que otro problema. Por otro lado, algunos libros nuevos eran imposibles de abrir completamente, o se corría el riesgo de romper el pegamento de la encuadernación, lo que aumentaba el tiempo invertido en la postproducción. Por ende, la digitalización se restringió a libros de pequeñas dimensiones y con un encuadernado lo suficientemente flexible, así como el software de base para este proceso fue el gscanpdf. Como se puede observar, nos quedamos con mucho material que lamentablemente no pudimos difundir.

Cuando este proceso concluía se pasaba a la posproducción. Esta fue la etapa que se introdujo al último, ya que no encontrábamos con un software lo suficientemente potente para cumplir con varias de las tareas necesarias. Sin duda estaba Adobe Acrobat, que al principio llegamos a emplear en uno que otro libro, pero por evidentes circunstancias mejor optamos por no retocar ninguno de los libros. Aquí es donde Scan Tailor nos vino de salvación. Gracias a este fue posible sistematizar y automatizar este etapa que iniciaba con la limpieza del documento, la división de páginas, la localización de zonas de texto, de imagen o de tablas, la creación de márgenes, el acomodo de la rejilla, si es que texto estaba distorsionado, y su exportación como imagen. Con el gscanpdf se exportaban las obras como imagen para así poderlas procesar con el Scan Tailor, y de nuevo importarlas al gscanpdf para al final exportarlas en formato PDF.

Durante esta etapa una de las experiencias más amargas fue, sin dudas, el reconocimiento óptico de caracteres (OCR). Por desgracia todos nuestros intentos con OCR libres nos dejaron insatisfechos porque casi siempre el porcentaje de reconocimiento fue entre el cincuenta y el setenta y cinco por ciento. Siempre hemos tenido la idea de que el principal problema fue nuestra incapacidad de configurar los OCR de manera conveniente… Pero sea como sea, lo más lamentable de este proyecto fue que para el reconocimiento de caracteres tuvimos que recurrir al ABBY FineReader. No tuvimos otra opción y el problema no hubiera sido grave si es que muchos de los libros que digitalizamos eran un tanto extensos o prácticamente puro texto, por lo que la posibilidad de búsqueda nos parecía primordial.

Una vez concluidos estos procesos se pasaba a la subida en internet con los medios que ya se mencionaron con anterioridad. Si bien solo en dos ocasiones la página de Scribd nos dio de baja unos documentos, en general la dificultad central de esta etapa fue la financiación para el pago del servidor y del dominio.

Otra historia fue la última etapa: la difusión. Todo el material digitalizado se compartía en las redes sociales del Círculo. Sin embargo, el impacto fue prácticamente nulo y aunque este proyecto es el que más ha sido visto por los usuarios (según las estadísticas de Scribd y en comparación con las estadísticas de otros proyectos del Círculo), en la mayoría de los casos los libros no fueron de fácil acceso, sino que, o se requería de cierta paciencia para localizarlos o de una cuenta para poder descargarlos. La cantidad de descargas directas en el servidor donde nos alojábamos fue prácticamente nula, por lo que fue uno de los motivos por los que, al final, decidimos cesar con su financiamiento. Sí, hubo muchas personas que se interesaron por el proyecto, pero casi siempre su compromiso solo fue discursivo…

El esfuerzo no se mide con likes, con retweets o con porras

Después de todo este proceso de aprendizaje y de conseguir cierta calidad en la digitalización de los documentos, nos quedamos mermados en dos aspectos. El primero fue completamente intrínseco: solo dos integrantes del Círculo se comprometieron con este proyecto. Uno de los motivos principales se debió a que, dado las necesidades de aprendizaje para la digitalización de libros, muchos de los integrantes mostraron poco interés, y en varias ocasiones también cierta aberración, en aprender ciertos aspectos básicos de todo el proceso. Si bien todos dieron apoyo moral al proyecto, rara vez los demás proponían obras para digitalizar o disposición para, al menos, enmendar los libros utilizados. Esto, queriendo o no, resultó ser uno de los factores desmoralizantes del proyecto, ¿cómo mantener el entusiasmo para digitalizar libros si en la práctica muchos de los integrantes decidían mantenerse al margen?

Pero la gota que derramó el vaso fue que los usuarios finales, aquellos a los que les ofrecíamos este trabajo, tendían a limitarse a dar likes o retweets. Sabemos que las estadísticas tienden a ser engañosas, pero al mismo tiempo sirven como un parámetro para cuantificar ciertas prácticas. En este caso las estadísticas se mostraban agridulces: mientras que en Scribd mostraban una cantidad constante de visitas (un intervalo de entre trecientas y mil visitas diarias), en promedio la visualización no excedía los tres minutos, así como las descargas en el servidor fueron prácticamente nulas. Sin dudas esas manitas con el pulgar arriba o las flechitas dispuestas como un ciclo eran motivo de alegría, pero ¿dónde quedaba la lectura? ¿Acaso teníamos que transformar los documentos en formato EPUB para que pudieran leerse sin dificultades en cualquier dispositivo móvil, o más bien se trataba de un fenómeno semejante a quien se compra muchos libros para solo tenerlos en el librero? ¿Cuál era el objetivo, compartir y posibilitar la disponibilidad de la información, o que esta fuera un punto de arranque para algo más?

El problema no fue una cuestión de reconocimiento, sino de equidad. Para la digitalización en promedio se invertían unas cuatro horas por libro, cuyo total fue de 149 obras; para un like, un retweet o un comentario de apoyo se precisaba de algunos segundos. El acceso a la información siempre nos ha parecido primordial, pero fue un factor demasiado desmoralizador el que todos los documentos digitalizados quedaran a modo de un libro empolvado en una librería pública, y más aún, que la mayoría de los usuarios creyesen que la digitalización se reducía a pasar un libro por un escáner. Al final, interpretamos esta situación como un caso específico de un problema mayor: el interés por la lectura tiende a ser menor al interés por acumular libros. El anhelo del proyecto era compartir libros, y por ende convivir con una experiencia de lectura incondicional, y no la de fomentar la acumulación de documentos en un disco duro o en un servidor, o de mensajes de entusiasmo o de felicitaciones. Nuestro esfuerzo fue el de gestar un ideal de «cultura libre» que precisamente se cumplió: siempre fue una idea.

Balance

A pesar de las ambiguas ilusiones y amargos desencantos, el proyecto de la biblioteca digital, así como la experiencia del Círculo Ometeotl, fue enrriquecedor. Si hablamos de una «cultura libre» y de una «difusión incondicional», cualquier camino anhelado que pudimos tener fue solo eso: un camino más que no necesariamente sería el preferido por los demás. Los que integramos el Círculo nos gustaba ver todos nuestros proyectos como nuestros hijos: los gestamos, los vimos crecer, tuvimos muchos sueños con ellos, pero al final se van por caminos que no teníamos previstos o no queríamos. Sin embargo, eso forma parte de todo elemento autónomo, solo queda recordar y alegrarnos por la dirección que tomaron.

La biblioteca digital se gestó para publicar material filosófico y al final la barrera entre lo filosófico y no-filosófico se desdibujó. Queríamos que fuera un lugar de encuentro, pero en la mayoría de los casos fue un punto de distribución de material gratuito. El proyecto tomo otras formas que no esperábamos, pero como lo fundamental fue la incondicionalidad, tampoco nosotros podíamos imporner condiciones. La biblioteca terminó por ser lo que todos quisieron que fuera: nosotros, como colectivo, cumplimos con el propósito de ser una ventana. Y desde la ventana del navegador pueden seguir viendo ese paisaje, aunque ahora solo por Scribd o por GoogleDrive

La Campechana Mental es el proyecto de biblioteca digital del Hackerspace Rancho Electrónico.

Nos reunimos casi todos los lunes de 7 a 10 pm en Lorenzo Boturini #61 esq. Bolívar, colonia Obrera, Ciudad Monstruo, México.

La banda de CoAAtv grabó una maravillosa charla edi[tar]nos .